

Hace varias semanas quería empezar con esto. Pero, el dolor, las lágrimas, los recuerdos, las llamadas y la falta de convicción fueron los obstáculos de lujo que me llevé de encuentro para poder dejar estas letras sobre un post, que probablemente pocos leerán. Se que escribí mucho sobre EL en este blog, destilando felicidad o tristeza en cada palabra. En algunas ocasiones, jurando que sería el final, de la que por cierto fue una extraña relación. Pero, la página siempre volvía atrás y él a mi y yo a él.
Esta vez no diré que es el final, porque pocos lo creerían. Pero, creo poder contar lo que ha sucedido las últimas semanas de mayo, en un otoño, que más bien parece un crudo invierno, que congela y juega al dardo con mi corazón.
EL y yo tenemos algo común: la indecisión. Aún lo recuerdo, saliendo de la ducha y mirando sus polos y pantalones durante una hora sin saber cómo combinarlos. Pidiendo siempre un consejo, que terminaba decidiendo por él. Mientras que yo, inicios de mayo, cortándolo por teléfono y pidiéndole volver unas semanas después por el mismo medio. Y es que, definitivamente, la falta de voluntad es el segundo punto de convergencia entre los dos.
La primera noche no pareció difícil. De hecho “ahogué” las penas con unos tragos de cerveza en la casa de mi mejor amiga por su cumpleaños. Recuerdo haber colgado el teléfono con dos lágrimas rozando mis mejillas. Recuerdo haber subido las escaleras y llorado por cinco minutos sobre mi cama, recordando que alguna vez estuvo ahí.
Semanas después volvía a escuchar su voz, cada vez más convencida de una decisión que yo tomé por él. Pero el objetivo se estaba logrando. No volvería con él, porque no sería feliz conmigo. Pretendí mostrar una careta de chica fuerte, que no le importaron dos años de una relación que fue más allá de la imaginación. Me dejé llevar por el inusual frio y todo lo dejé pasar.
Pero, cuando pensé que todo estaba superado llegó el golpe, uno con mucho parecido a un puñete en la boca del estómago. Uno de esos golpes que te deja sin aliento, que te rompe las retinas y destroza los tímpanos, de esos que queman las manos y descuartizan el cuerpo. El ya tenía enamorada. Sus palabras torpes lo dijeron la madrugada de un sábado, que decidí marcar su número.
De ese día en adelante terminé postrada en mi cama, con los ojos como los de un pez, la nariz tupida y mis oídos torturándose con la canción de Alberto Espinetta: “Seguir viviendo sin tu amor”. Ese tema que llamamos “nuestro” y que escuchábamos cada vez que sus manos tomaban el timón de ese auto negro, y mis ojos se fijaban en la vegetación de Marcavelica, un lugar al que solíamos recurrir.
Puedo decir que esa semana fue la más difícil que he tenido en mi vida (al menos hasta ahora). No tenía ganas de nada. Sólo quería llorar, quedarme en cama, sola, recordando, soñándolo. Pero, como parte de la fuerza (que EL siempre dijo que tengo) me levanté. Lavé mi rostro, escuché BEBE y como nunca sentí que una convicción invadía mi cuerpo. Una determinación que me acompaña hasta hoy.
Hace más de una semana que no lloro. Más de una semana que he vuelto a escuchar nuestras canciones. Me dan melancolía, pero no enjuagan mis ojos. Ahora, sólo puedo recordarlo como un gran hombre, que dejé para que sea feliz. Como un hombre al que amé, así como era EL: loco, lunático, divertido, chistoso, poeta, infeliz, desgraciado, enfermo, precioso, y eternamente Peluso.

