miércoles 24 de junio de 2009

Eternamente Peluso



Hace varias semanas quería empezar con esto. Pero, el dolor, las lágrimas, los recuerdos, las llamadas y la falta de convicción fueron los obstáculos de lujo que me llevé de encuentro para poder dejar estas letras sobre un post, que probablemente pocos leerán. Se que escribí mucho sobre EL en este blog, destilando felicidad o tristeza en cada palabra. En algunas ocasiones, jurando que sería el final, de la que por cierto fue una extraña relación. Pero, la página siempre volvía atrás y él a mi y yo a él.

Esta vez no diré que es el final, porque pocos lo creerían. Pero, creo poder contar lo que ha sucedido las últimas semanas de mayo, en un otoño, que más bien parece un crudo invierno, que congela y juega al dardo con mi corazón.

EL y yo tenemos algo común: la indecisión. Aún lo recuerdo, saliendo de la ducha y mirando sus polos y pantalones durante una hora sin saber cómo combinarlos. Pidiendo siempre un consejo, que terminaba decidiendo por él. Mientras que yo, inicios de mayo, cortándolo por teléfono y pidiéndole volver unas semanas después por el mismo medio. Y es que, definitivamente, la falta de voluntad es el segundo punto de convergencia entre los dos.

La primera noche no pareció difícil. De hecho “ahogué” las penas con unos tragos de cerveza en la casa de mi mejor amiga por su cumpleaños. Recuerdo haber colgado el teléfono con dos lágrimas rozando mis mejillas. Recuerdo haber subido las escaleras y llorado por cinco minutos sobre mi cama, recordando que alguna vez estuvo ahí.

Semanas después volvía a escuchar su voz, cada vez más convencida de una decisión que yo tomé por él. Pero el objetivo se estaba logrando. No volvería con él, porque no sería feliz conmigo. Pretendí mostrar una careta de chica fuerte, que no le importaron dos años de una relación que fue más allá de la imaginación. Me dejé llevar por el inusual frio y todo lo dejé pasar.

Pero, cuando pensé que todo estaba superado llegó el golpe, uno con mucho parecido a un puñete en la boca del estómago. Uno de esos golpes que te deja sin aliento, que te rompe las retinas y destroza los tímpanos, de esos que queman las manos y descuartizan el cuerpo. El ya tenía enamorada. Sus palabras torpes lo dijeron la madrugada de un sábado, que decidí marcar su número.

De ese día en adelante terminé postrada en mi cama, con los ojos como los de un pez, la nariz tupida y mis oídos torturándose con la canción de Alberto Espinetta: “Seguir viviendo sin tu amor”. Ese tema que llamamos “nuestro” y que escuchábamos cada vez que sus manos tomaban el timón de ese auto negro, y mis ojos se fijaban en la vegetación de Marcavelica, un lugar al que solíamos recurrir.

Puedo decir que esa semana fue la más difícil que he tenido en mi vida (al menos hasta ahora). No tenía ganas de nada. Sólo quería llorar, quedarme en cama, sola, recordando, soñándolo. Pero, como parte de la fuerza (que EL siempre dijo que tengo) me levanté. Lavé mi rostro, escuché BEBE y como nunca sentí que una convicción invadía mi cuerpo. Una determinación que me acompaña hasta hoy.

Hace más de una semana que no lloro. Más de una semana que he vuelto a escuchar nuestras canciones. Me dan melancolía, pero no enjuagan mis ojos. Ahora, sólo puedo recordarlo como un gran hombre, que dejé para que sea feliz. Como un hombre al que amé, así como era EL: loco, lunático, divertido, chistoso, poeta, infeliz, desgraciado, enfermo, precioso, y eternamente Peluso.

jueves 19 de marzo de 2009

Cuando los ánimos no coinciden.


"Así de mal está todo cuando los tiempos y los ánimos no coinciden... cuando tienes esa forma de hacerme daño". Esta fue la frase con la que inicié este viernes en la casilla de mensajes públicos de mi msn. Y es que han pasado casi dos años desde que empezamos a padecer de esta enfermedad, que duele pero también te hace sentir tan bien. El punto, es que en nuestro caso la mayoría de veces duele. ¿Por qué?..Sucede que cada vez que él decide exteriorizar y canalizar ese amor que dice sentir por mi, yo estoy ausente.. y viceversa.


¿Alguien nos entiende?..Dificil. Ojalá en algún momento tu mirada y la mia se encuentren enfocando su luz en el mismo camino, por el mismo sendero, en busca del mismo objetivo.

sábado 24 de enero de 2009

Angelitos de papel


De los esfuerzos de una institución que no sólo necesita ayuda el día de la Teletón.

María Luisa Serra. Piura.-

Por lo general diciembre es el mes en que los peruanos se ponen la mano en el corazón y ayudan en la Teletón. Pero no es la única fecha en la que usted puede colaborar. Ingresar a la Clínica San Juan de Dios es encontrarse con un mundo paralelo. Fuera del lugar todo parece suceder con normalidad, sin embargo los salones y cada uno de los ambientes de este centro de rehabilitación infantil guardan conmovedoras historias de niños, que a pesar de su corta edad, ya conocen el dolor.
Cristian Castillo Atarama tiene 5 años y muchas ganas de bailar al ritmo de “la culebrítica” o aprender los pasos callejeros del reguetón. Pero su parálisis cerebral cuadriplégica no se lo permite. Él acude a la escuela como un niño normal. Sin embargo, no puede dar los mismos pasos ni correr en el recreo como lo hacen los demás, porque sus piernas y brazos han sido afectados por su enfermedad.
Marlene Alama Cruz es la madre del niño y comenta con esperanza que los médicos le han dado un buen pronóstico para su hijo. “Dicen que puede llegar a caminar y a realizar actividades de la vida diaria”. Es por esta razón que ella, tres veces a la semana, lo toma en brazos y acude a la clínica San Juan de Dios, donde el pequeño recibe terapia de rehabilitación.
“Cuando Cristian ingresó a la clínica cruzaba mucho sus piernas, no se podía sentar, no tenía control ni fuerza en su cuerpo. Aún no puede caminar, pero al menos apoya sus pies y gatea”, dice Jessica Suárez Arévalo, quien de sus 29 años lleva 4 usando el cariño y sus manos para ayudar a que niños como Cristian tengan una vida normal. “Siempre van a quedar secuelas en estas enfermedades, pero se trata de avanzar algo”, comenta la terapeuta.
Pero Cristian no es el único niño que se ha visto afectado por este mal. Treicy Mendoza Culcas también sufre de parálisis cerebral. Pero a diferencia de Cristian, la enfermedad no sólo dificulta los movimientos de su sistema motor, sino también sus procesos mentales.
Ella tiene los ojos grandes y una mirada tímida. Intenta estirar sus manos para saludarnos, pero sus pequeños dedos se van contorsionando y sus músculos tornándose duros sin poder controlarlos. No ha dicho una sola palabra, pero quiere demostrar que el año y medio que lleva recibiendo terapia ha servido para que pueda dar sus primeros pasos.
“Generalmente cuando el niño nace tiene ciertos reflejos, que según pasan los meses tienen que ir disminuyendo. En el caso de Treicy ocurrió lo contrario, han aumentado y no los puede controlar”, dice Luisa Gamvini Coello, quien con sus manos poco a poco intenta relajar con masajes los reflejos de la niña.
La mamá de Treicy, Noemí Culcas Moreno de 27 años, nos cuenta que al inicio sentía que el problema de su niña era el peor. “Pero cuando llegué aquí y vi a los demás niños con tantos problemas…Algunos no podían caminar, no hablaban, otros ni siquiera podían comer, me di cuenta que todo no era tan difícil como parecía”, murmuró mientras esperaba que le entreguen la niña a la que se ha dedicado por completo todo este tiempo.
Anuska Belén Ojeda Córdova es la última de tres hermanos y la engreída de la casa. Su nombre es poco común y su enfermedad también. Tiene un año y dos meses y unos ojos marrones enormes. Los médicos aseguran que a pesar de la inmensidad de sus ojos no podrá recuperar la visión por completo. Ella seguirá viendo sólo sombras. Sus pequeños labios no pueden pronunciar palabras, sólo deja oír algunos sonidos. Sus piernas no pueden sostener el peso de su cuerpo y su madre tiene que alimentarla con líquidos porque no puede masticar.
“Ella no nació así, adquirió un virus y luego le diagnosticaron hidrocefalia (acumulación de líquido en su cerebro). Mi hijita quedó como un vegetal, no podía comer, así que la teníamos que alimentar por una sonda”, decía su madre mientras la niña no dejaba de fijar la mirada en ella.
Según la hermana María Elena Torres, encargada del centro de rehabilitación infantil Clínica San Juan de Dios, casos como los de Cristian, Treicy y Anuska llegan a diario.“Atendemos entre 105 a 110 niños por día. Un gran porcentaje de ellos son hipotónicos, es decir, niños que sufren debilidad muscular”, comenta la religiosa.
Pero el problema llega cuando a pesar de que la vocación y la voluntad sobran, el dinero para atender a cuantos niños llegan a esta clínica de rehabilitación no es suficiente. Es que la única fuente de ingresos que tiene San Juan de Dios es el pago de las consultas y terapias que brindan Sin embargo, nos volvemos a encontrar con otra realidad. San Juan de Dios no cobra a todos por igual. Por lo tanto, sus tarifas no son fijas y por ende su economía tampoco.
Es así que las necesidades más grandes de esta clínica oscilan entre la ampliación de su local, ubicado en la urbanización Santa Isabel, y el pagarles un poco más a las 12 terapeutas con las que cuentan, y quienes perciben mensualmente el sueldo mínimo. “A veces quisiéramos pagarles un poco más, porque son profesionales, hacen su trabajo con mucho amor y se lo merecen, pero no nos alcanza”, dice la hermana María Elena, encargada del centro de rehabilitación infantil.

Y es entonces cuando la mente vuelve atrás y dibuja otra vez los rostros de Cristian, Treicy y Anuska delineados con el pincel de la esperanza que los acompaña en cada primer paso que intentan dar, en cada mano que luchan por controlar o en esas ganas de volver a mirar los colores
del mundo y poder algún día pintarlos sin limitaciones, sin tristezas, sin dolor.
(Reportaje publicado en el Diario La República. Por: María Luisa Serra Sánchez)

martes 9 de diciembre de 2008

¿No estaban en Marte? Algunos se quedaron...


Hace unos días estaba viajando en una combi, de esas latas viejas y atarantadas que andan por la ciudad. La mañana estaba movida, la gente iba y venía por todos lados: bulla, voces, conversaciones, gritos, silencios. Todo un mundo aparte cuando te detienes a observar. Pero en medio de tanta locura, en el mercado, subió él, tomando a su hijo de la mano mientras el cobrador los apuraba tocando con fuerza la lata de la puerta.


Asumo que se trataría de un niño de unos 6 años. Y, ÉL, un hombre relativamente joven y callado, de tez morena, cabello liso y ojos oscuros. Bastante tímido a simple vista. Llevaba puesto un polo blanco malgastado y en su rostro parecían reflejarse las preocupaciones.


La verdad es que inicialmente le di la misma importancia que al resto de personajes que venía observando desde varias cuadras atrás. La misma que a esa mujer embarazada, de blusa turquesa y de contextura delgada a pesar de su barriga redonda. La misma que aquel hombre que tapaba su nariz con un pañuelo rojo, mientras tomaba la escoba y llenaba de polvo su uniforme municipal al barrer las calles. La misma que le di al cobrador, que llevaba medio cuerpo afuera de la combi, y a sus tatuajes.


Pero la diferencia de entre ÉL y los demás, la encontré minutos más tarde, cuando sus manos sacaron de una bolsa un par de zapatos negros. Pero más aún, cuando sus ojos miraba tan atentamente su compra. Tocaba cada centímetro del material, observaba detenidamente el bordado dorado. Y quizás se preguntarán qué hay de especial en esto.


A esto último tengo que responder: desde hace mucho tiempo que no veo a un hombre, que tomando de la mano a su hijo, va en busca de un regalo para su esposa. Pero sobre todo, hace mucho que no veo a un hombre que le preocupe tanto el detalle de un zapato, que lo mire como si fuera un tesoro, como si ese zapato encerrara mucho de lo que siente por ella, como si el precio del zapato (en relación con su economía) fuera un sacrificio para ese bolsillo. Sin embargo, no le importa hacerlo, sólo por llegar a casa con una sonrisa en el rostro y una mirada tierna. Abrazar a su esposa y darle la sorpresa. Verla sonreír, sólo por una alegría. Y es que el romántico no sólo remite a los chocolates, las flores, las cartas y los osos de peluche. Y es que fue después de haber estado pendiente de esa escena cuando dije: ¡Pensé que los hombres románticos y detallistas se habían ido a Marte!

lunes 8 de diciembre de 2008

¿Paco se fue? Aún no lo sé


Alguien con quien solía salir por las noches en verano me dijo alguna vez: “el amor lo puedes encontrar cuando menos lo esperas, donde menos lo imaginas. Tanto que cuando subas el ascensor a tu casa puedes encontrar a esa persona que será para toda tu vida”. La verdad que cuando lo mencionó me pareció gracioso y casi imposible. No lo encontré en el ascensor, pero el destino me cerró la boca. Donde menos imaginé, me sorprendió. Entre cerros, ponchos, huaynos y momentos difíciles de mi vida es que apareció.


Tiene los ojos grandes inundados de miel y ternura. Los rulos de su cabellera le dan un aspecto de frescura único en él, y de paso cubren las entradas pronunciadas que pronostican su futura calvicie. Su sonrisa es perfecta y su nariz basta con ser recta. Su pecho está lleno de vellos que marcan el camino hasta su ombligo y un poco más. Su mirada está llena de magia y misterio.
Sólo con verlo y bailar unas cuantas horas con él me dejé envolver por la magia del lugar, del momento, de sus palabras y de esa hermosa flor que consiguió para mí. Caminé junto a él por oscuras calles sin mirarlo. Contemplamos las estrellas desde una banca, desde la plaza, desde la casa de aquella señora, desde la ventana de ese hotel. Sonreímos y reímos más de una vez hasta que sus labios decidieron cobrarme cada pedacito de alegría que me dio.


Fui feliz por 3 días, lloré de contenta y pude sentir más que nunca. En algún momento pensé que la historia se quedaría encerrada en Pacaipampa, a formar parte de una leyenda más de la larga lista del pueblo. Quizás alguien diría aquí nació un amor, que se rompió en la ciudad. Ya saben, todas las leyendas son tristes, melancólicas, terroríficas. Esta quizás sería una historia de amor frustrada por el movimiento y la distancia de la ciudad.


Al regreso, mientras observaba cómo los cerros parecían venirse sobre mí, su rostro se dibujaba en mi mente. Volvía renovada y con un único tesoro: Una flor que se secaba dentro de mi libreta. Pasaron los días y esperé su llamada en una eterna desesperación. Y a pesar que en algún momento le dije que él llamara primero, me ganó la angustia y la necesidad de repetir esa dosis de felicidad. Lo volví a ver, nos abrazamos, nos miramos y otra vez lo vi. Y me volví adicta a él. Es como si cada día necesitara una dosis pacofarmaco en mí. Hace unos cuantos días que se fue de viaje, dijo que volvería en dos. Ya son 5 los que llevo marcando su número cada dos horas, recibiendo siempre la misma respuesta: No está.


Mi celular no ha timbrado por él y tampoco el buzón de mi correo me ha dicho que me espera un mail suyo. Ahora ya no se qué pensar. Creo que empiezo mi primer día sin él, mi primer día sin verlo. “La habitación se me hace gigante, me siento pequeña si no está aquí”. Ahora es cuando empiezo a creer que nunca me habló de su verdadera adicción, seducir hasta ganarlo y después decir adiós. Dicen algunas letras de los enanitos verdes.


Tengo que reconocer que lo extraño, que necesito sentir su alegría e inocencia. He pasado horas en la ventana sin verlo llegar y sólo espero que alguien me traiga una jeringa que incluya una dosis de él, inyectármela y sonreír para no quedarme como la novia en el muelle de San Blas. Aunque alguien otra vez me ha dicho que sólo estaba ocupado y que volverá. ¿Paco se fue? Aún no lo sé.

lunes 24 de noviembre de 2008

Ilusión Pacaipampina


Hoy ha nacido una ilusión en Pacaipampa. El cerro Yambur y su gente ha sido testigo del choque de miradas entre los dos. Lo conocí por la noche cuando estiró su mano y me entregó un turrón. Su mirada coqueta e inquieta me llamaron la atención, luego desapareció. Mis ojos saltaban buscándolo, mi boca bebía la cerveza que compartíamos la gente de prensa y mis piernas temblaban de frio. De pronto apareció ahí otra vez, como si se tratara de una ilusión. La noche se fue entre huaynitos, San Juanitos, cumbias y una salsa que cerraba muy bien el día: ¡La mejor noche la he pasado contigo! Y así otra vez una segunda noche, llena de estrellas y de magia. ¿Y los testigos?: Nosotros! Buscamos la estrella más brillante a través de una ventana, nos reimos de cuanto pudimos, nos miramos más de una vez y sus labios se acercaron y chocaron con los mios por cuanto motivo hubo. Sus labios se cobraron con los mios. "Te espera un castillo" y la magia se trasladó a las 12 de un sábado que se convertía en domingo con cada chispita de colores que salpicaba frente a nosotros.

El cielo se iluminó y la magia continuó en una plaza callada y silenciosa. La flor más bella la encontró para mi. Y el beso más hermoso selló el inicio de una ilusión pacaipampina. Gracias al turrón, al chupetín, al chicle, al castillo, a la música, a los cerros, al Yambur y a su inocencia. La historia continúa, sólo que los cerros se quedan en Pacaipampa y la magia él la trae consigo para encerrarla entre los dos.


miércoles 15 de octubre de 2008

Secuelas

Hace un par de días que se acabaron los parciales, pero parecen haber dejado secuelas en mi. La verdad es que no suelo amanecerme estudiando para los examenes. Sin embargo, esta vez los seis cursos que llevo sobre mi cerebro me obligaron a hacerlo. No fue difícil, lo único que me duele son las horas de sueño perdidas, que hasta ahora siento no poder recuperar.

Han sido 60 horas despierta de 72, lo que quiere decir que he dormido sólo doce horas en tres días. Los resultados no son excelentes. y confieso que eso también me duele, sobre todo por el sacrificio. Pero bueno, ese es uno de los gajes de la aburrida vida de universitario.

Felizmente he roto la monotonía con mi cama por las tardes y trabajo en un diario para no perder la costumbre. Un par de comisiones al día, no tan emocionantes como las de verano, y un día de descanso a la semana. ¿Con esto se acabaron los fines de semana en queens? ¿Se acabó la chela de fin de semana con alguna amiga en mi cuarto?

No creo que mi cuerpo resista tanto, pero lo único que se es que este fin de semana me desquitaré sí o si. Opciones hay varias y empiezan el jueves: Kamikaze de rock en raíces; y terminan con el almuerzo de ingeniería 2008II, que la verdad, siempre propone un buen relax.

Ah, y las secuelas?... Ojeras, cansancio, sueño, hambre.... Resulta algo de esta combinación?